Columna | 'La Isla de las Tentaciones', una lección de dramaturgia televisiva con una calidad incontestable

La isla de las tentaciones demuestra que, más allá del ruido y el prejuicio, sigue siendo una maquinaria de dramaturgia televisiva perfectamente engrasada

Más allá de los eventos deportivos o de la final de Eurovisión, se pueden contar con los dedos de una mano los programas de televisión que alcanzan el 20% de share en la actualidad. Uno de ellos es La isla de las tentaciones, que en las hogueras finales de su novena edición ha firmado un 20,1%. Son datos de otros tiempos, que tienen un mérito increíble si tenemos en cuenta los registros en los que se mueve Telecinco en estos momentos. La isla de Sandra Barneda ha sido el bote salvavidas para una cadena que no llega al 9% de cuota en su media mensual. Una auténtica proeza para la novena edición de un reality que se ha emitido hasta cuatro veces por semana y con muy poco tiempo de respiro respecto a la temporada anterior.

Telecinco sabe que La isla de las tentaciones es ahora mismo su mejor carta y ha decidido tirar de ella a riesgo de empachar a la audiencia. Una jugada arriesgada, para empezar, por su hora de emisión, compitiendo de frente contra La Revuelta y El Hormiguero. Lejos de retrasar el reality con algún prime time absurdo de relleno, hay que reconocerle a Mediaset la valentía de programar La isla a las 21:45. Una apuesta atrevida, pero a la vez beneficiosa para todos los productos televisivos que aspiran a congregar a más de un millón de espectadores y alcanzar cierta trascendencia social.

Al margen de las programaciones y las estrategias televisivas, la gran virtud del formato reside en su capacidad de tornear la materia prima con la que trabaja hasta convertirla en un gran espectáculo. La isla de las tentaciones es una lección de dramaturgia televisiva, una construcción que se nutre de las pasiones más bajas para diseñar el melodrama perfecto. Pulsiones estiradas hasta la pornografía emocional, tan exageradas como reconocibles, por mucho que nos empeñemos en mirar a los concursantes desde los altares de nuestra superioridad moral.

La isla es la mezcla perfecta entre impostura y entraña, sostenida por un engranaje audiovisual que funciona como un reloj suizo para ofrecernos el mejor de los culebrones. Nos perdemos en debates estériles sobre sus formas sin poner suficientemente en valor lo bien pulido que está el resultado final. Si el formato siempre ha destacado por la pericia de su montaje, en esta novena temporada el departamento de edición ha decidido jugar un poco más para hacer las delicias de la audiencia con sus escenas. Músicas escogidas con sutileza para buscar la complicidad del espectador, capaz de leer la trama más allá de lo obvio.

Mención aparte merece el departamento de casting por la selección de su materia prima. Cuando pensamos que ya no nos pueden sorprender, que ya lo hemos visto todo o que las reacciones de los concursantes corren el riesgo de resultar demasiado impostadas, aparecen historias como las de Almudena y Darío para desarmarnos emocionalmente. A no ser que seas Vladimir Putin, es imposible no conmoverse viendo su hoguera final. Un desenlace que, por vulgar, no sería del agrado de Jane Austen, pero que televisivamente es perfecto por la verdad que traspira. Ese “no soy feliz” es lo más auténtico que hemos visto en la telerrealidad española en los últimos diez años.

Otro de los grandes aciertos del casting de este año es la algecireña Sandra Barros. Un portento de verborrea incansable que ha desencajado mandíbulas con muchas de sus salidas. Soez a ratos, sí, pero con una agilidad para la respuesta y una espontaneidad gaditana imposible de escribir en ningún guion.

La isla de las tentaciones pone el broche final esta semana con sus reencuentros, mientras ya se está trabajando en la siguiente edición. No vaticinaré aquello de que es imposible superarse, porque este año nos han dado un puntito en la boca a todos aquellos que veíamos complicado avanzar después del éxito arrollador de Montoya. Pero así ha sido: el formato, lejos de centrarse en subir el nivel de histrionismo respecto a la edición anterior, ha apostado por la verdad más descarnada. Y si bien ha menguado ligeramente su audiencia, la calidad del producto es incontestable para todos aquellos que vemos la televisión libres de prejuicios.

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