Las dos Españas en televisión: la que informa y la que desbarra

La televisión estos días nos ha recordado que sigue siendo útil cuando el pulso de la actualidad late, pero también que su capacidad para retorcer la verdad sigue intacta cuando le interesa deformar los hechos.

Me gustaría empezar esta columna de opinión televisiva hablando de programas entretenidos, vibrantes y rompedores, pero como no existen, y solo encontramos caspa y tedio en la pequeña pantalla, me toca escribir sobre lo único que ha movido la tele estos días: la política y su capacidad de enervar las calles. 

Estamos tan huérfanos de contenido de entretenimiento, que esta semana nos hemos asomado a la desesperada a las ventanas que ofrecían algo de emoción a través de la evolución de un acuerdo político. La consecución de la amnistía ha sido la trama más estimulante que nos ha regalado la televisión estos días, no tanto por el calado político, sino por las reacciones de los líderes de opinión y por el seguimiento a pie de calle con los inestimables momentos que nos ha brindado la “CayeBorroka”. 

El interés suscitado por el alboroto de la amnistía, aunque lo que realmente les alborota es que se constituya un gobierno progresista, se ha materializado en las buenas audiencias de los programas que se han volcado con el tema. Desde ‘Todo es mentira’, que ha registrado su máximo anual con un estupendo 7,7% de share, a ‘El Intermedio’ que se aupó el jueves hasta la segunda posición del prime time con un 9,5%. Datos que demuestran que la tele en abierto está en cuidados intensivos y solo cuando la actualidad agita el avispero es capaz de salir de su letargo.

Los datos han acompañado y el enfoque televisivo ha sido certero en muchos casos: el programa de Risto o el de Wyoming han cumplido su función, al igual que el especial de ‘El Objetivo’ con Ana Pastor o los informativos de TVE con Carlos Franganillo al frente. La cara B es un poco de los de siempre, del matrimonio que antes buscaba aliens y ahora se creen José Coronado y Amparo Larrañaga en ‘Periodistas’, o el domador de hormigas con su corte de aduladores.

Iker Jiménez y Carmen Porter, los cazafantasmas, organizaron el jueves un ‘Horizonte’ dedicado a la amnistía y al intento de asesinato de Aleix Vidal-Quadras. Para ello Carmen Porter se desplazaba hasta el lugar del crimen para enseñarnos una pared con los dos posibles agujeros del disparo. Que podían ser del disparo o de cualquier otra cosa, pero allí estaba ella enfundada en un polar como si fuera una reportera de guerra. Mientras tanto, su marido en plató organizaba una mesa de analistas, todos hombres obviamente, para teorizar sobre el asunto. Lo más surrealista de la noche eran las conexiones con un reportero a pie de calle en las manifestaciones convocadas por los ultras; este, que se vendía como un experto en la materia, apuntaba que los altercados podrían estar provocados por grupos de anarquistas que estaban en contra de amnistiar a la familia Pujol. Sí, hijo sí, se veían todos los que iban a Ferraz con outfits muy del Humana.

Esa misma noche, un poco antes de ‘Horizonte’, ‘El Hormiguero’ de Pablo Motos nos deleitaba con otra de sus mesas de actualidad con la amnistía como protagonista. Un duelo de egos entre Cristina Pardo y Juan del Val, en el que Nuria Roca ejercía de apuntadora y Tamara Falcó aportaba la parte mística, porque una opinión formada no la tiene sobre nada. Cada vez que la hija de la Preysler abría la boca se reflejaba el miedo en el resto de la mesa, a sabiendas que no aportaría nada sensato.

Por la mañana también tuvimos nuestras buenas dosis de incompetencia periodística. Por un lado, Susanna Griso en ‘Espejo Público’, incapaz de rebatir o cuestionar con ironía a Isabel Díaz Ayuso cuando esta afirmaba que vivíamos en una dictadura. Y en la cadena de enfrente Ana Terradillos entrevistando a Zapatero, protagonizando uno de los mayores bochornos del año al animarse a opinar sobre la amnistía y después recular al verse desarmada y sin argumentos.

La tele de estos días nos ha recordado que sigue siendo útil cuando el pulso de la actualidad late, pero también que su capacidad para retorcer la verdad sigue intacta. Hace unos años, cuando las calles de Barcelona ardían, algunos quisieron vendernos el apocalipsis. Ahora que es Madrid la que hierve y que el signo ideológico de los manifestantes es otro, presentan las protestas como algo justificado y la condena de los disturbios siempre lleva un pero detrás.

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