Crítica de la semana: Ana Obregón y la madre que la parió

Desde el miércoles no se habla de otra cosa en España. Conversaciones de bar, desayunos de oficina y tertulias televisivas han estado monopolizadas estos días por la "maternidad" tardía de Ana Obregón.

Ana Obregón y el debate de la maternidad

Desde el miércoles que no se habla de otra cosa en España. Conversaciones de bar, desayunos de oficina y tertulias televisivas han estado monopolizadas estos días por la «maternidad» tardía de Ana Obregón. La revista ‘¡Hola!’ nos sorprendía el martes por la noche con esta exclusiva y la noticia arrasaba con cualquier otro tema comentable que sobrevolara por el ambiente. La simplicidad intelectual que requiere su análisis ha propiciado que todos nos animemos a sentar cátedra, y los platós de televisión han encontrado un filón para desmenuzar el debate independientemente de la temática del programa..

Opinar sobre los vientres de alquiler no siempre es fácil, es un terreno pantanoso en que la ética de cada uno termina confrontando con el sentir del otro. Siempre que se aborda esta conversación entre un grupo de amigos me gusta interrogar al sector femenino sobre la posibilidad de gestar a un bebé para entregarlo después del parto. La respuesta siempre es negativa, un NO rotundo que todavía es más contundente cuando estas ya han sido madres y han pasado por el proceso. Entiendo que mi entorno no es una muestra representativa de toda la sociedad, que habrá alguna excepción en el medio de Indianápolis con ganas de llevar bebés al mundo de forma altruista, pero si me rijo por las opiniones que conozco asumo que dicha acción solo es posible mediante una transacción económica.

A pesar de las excepciones que nos cuentan, la maternidad altruista no existe. Por mucho que haya salido alguna mariliendre como Carmen Alcayde diciendo que estaría encantada de gestar un bebé para el director de ‘Sálvame’, todos conocemos a esa amiga, a la hora de la verdad son muy pocas las que estarían dispuestas a hacerlo. O por lo menos yo no las conozco. Asumiendo esto, que es mi opinión, no hay suficientes mujeres gestantes con ganas de desprenderse de sus hijos como para nutrir la infinidad de demandantes

Aceptando lo anterior, que el dinero debe intervenir para que los vientres de alquiler existan, florece el segundo debate sobre el tema. ¿Puede la gestación tener un precio? Pues si te gusta autodenominarte como liberal y te llamas Begoña Villacís imagino que sí, que ser madre o padre en este mundo depende del dinero que tengas en el banco para alquilar un vientre. Hoy te compras un bebé y mañana paseas por la Plaza Mayor buscando personas sin techo para comprarles un riñón por si nunca te hace falta. Bienvenidos al liberalismo.

Lo de que «cada uno haga lo que quiera con su vida y con su dinero» suena muy bien, pero no podemos mercantilizarlo todo. Hay quien pueda pensar que mi opinión tiene un punto reaccionario por querer imponer mi moral al universo entero. La ética no es una ciencia, y por lo tanto no es exacta, pero creo que es preferible encontrar los límites que aúnen el sentir general.

El tercer melón por abrir sobre el tema, la edad de la protagonista, 68 años, ya cae por su propio peso teniendo en cuenta los factores anteriores. Ser padre o madre no es un derecho, por muy mal que te haya tratado la vida no puedes condicionar la vida de otro ser humano a tus deseos. Me parecería fenomenal que Ana Obregón encontrara compañía pudiendo adoptar a un niño, de una edad considerable, para ofrecerle un futuro mejor. Ya sé que los trámites para ello son imposibles, pero si me dan a elegir hacia dónde hay que legislar, ese es el camino.

Ahora deberíamos dejar a Ana Obregón en paz. Lo hecho está hecho y ya no podemos hacer nada más. Que sea feliz con su hija y que la niña crezca tranquila sin verse constantemente señalada por lo que hizo su madre. Que este caso nos sirva para poner el foco en el sistema que lo ha permitido. Analicemos si queremos seguir alimentando un mundo en el que el valor de todas las cosas venga únicamente condicionado por el precio que estemos dispuestos a pagar por ellas.

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